La honestidad no está de moda, no cae bien, ofende. ¿Porqué nos empeñamos en querer lo auténtico, en desearlo como si fuera nuestro, y en cuanto nos lo dan, lo rechazamos, se nos rompe en pedazos sin posibilidad de volver a repararlo?

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Campañas publicitarias, eslogan de empresas, requisitos para trabajos, sugerencias morales en cualquier entorno y contexto: “be authentic” nos dicen.  ¿Está la sociedad realmente preparada para eso? ¿Y las personas? ¿Lo estamos? Porque al final todo se reduce a eso, personas, personas con sus miedos, y sus ansias, y sus inseguridades, sus anhelos, sus sueños, sus metas, sus frustraciones, como todo el mundo, al fin y a cabo. ¿Están, estamos, estáis preparados para la honestidad? Para afrontar un mundo que clama y proclama lo “auténtico”? Nos gusta afirmar que sí, porque nos define, porque de alguna manera nos enaltece, y nos hace sentir, y parecer, “mejor persona”, como más “auténtica”…

¿Qué pasaría si aceptásemos la realidad? Si fuéramos honestos con nosotros mismos, auténticos con nuestro interior, y comenzásemos a reconocer que no siempre nos gusta lo honesto, que no siempre nos cae bien, por más que hagamos alarde de lo contrario; que por más que lo creamos, no siempre estamos dispuestos ni preparados para encontrar lo auténtico, porque nos puede descolocar, porque hace temblar nuestro mini-universo y nos desplazamos del centro, y nos cuesta volver a encontrarlo, porque aunque nos empeñemos en afirmar lo opuesto, la sinceridad no gusta, no está de moda, no es educada, ni cortés, ni estratégica, ni social, a menos que realmente tengas delante de tí, a una persona auténtica…